Felipe despierta incómodo, abre los ojos y lo primero que ve es humedad. Pequeñas gotitas, casi imperceptibles, de no ser por las viejas manchas que las rodean. Entre el olor a hongos del techo, alcanza a percibir el aroma a tostadas que proviene de la cocina. Se levanta rápido. Su tío Marcos está de visita.
Marcos tiene la vida solucionada, piensa. Vive con su esposa en un departamento sin humedad, con olor a nuevo. Acaba de comprarse un auto. Tiene vacaciones, ahorros, y suficiente dinero para vivir tranquilo. ¿Qué más quisiera yo? se dice Felipe.
Encienden la televisión. Aparece el actor de moda, ese que todos envidian. Dinero, fama, lujos. —"Este sí que está cómodo", comenta Marcos.
Sin saberlo, ambos acaban de ilustrar una de las premisas básicas de la economía: "El individuo prefiere más que menos."
Felipe mira hacia arriba y ve a Marcos como su meta. Marcos mira la pantalla y ve al actor como su meta. Siempre hay alguien más arriba, y la vara se mueve.
Pensemos en nosotros mismos: ¿dónde estábamos hace diez años? ¿Cuánto gastábamos? Probablemente menos, aunque la sensación de "no alcanza" siga siendo la misma.
¿Cómo nos habríamos sentido hace diez años con los ingresos que tenemos hoy? Seguramente felices. Pero aquí estamos, buscando más.
Algunos logran romper este ciclo y entender que más no siempre significa mejor. Porque ese "más" suele venir acompañado de sacrificios invisibles.
Más dinero, menos tiempo. Más ingresos, menos relaciones. Más éxito, menos presente.
La ilusión del "más" nos hace pagar con lo único que realmente tenemos: vida.
Y el antídoto no es renunciar al progreso, sino darle dirección. Ahorro, inversión, conocimiento, relaciones: son formas distintas de acumular futuro en vez de cosas.
Paremos de comprar cosas que no podemos pagar para impresionar gente que no nos interesa, y hagamos hoy lo que necesitaremos mañana.
De esta manera, el "más" deja de ser una persecución… y se convierte en un plan.